jueves, 16 de diciembre de 2010

Celebrar la vida

Me gusta volver sobre textos que escribí hace tiempo, y es notable cómo se repiten situaciones, sentimientos, y de algún modo nada parece cambiar. Lo cierto es que algunas reflexiones siempre tienen vigencia. Por eso, elegí hoy esta nota que redacté a fines del año 2001...


El 2001 ya se termina, año..., y de pronto me quedé sin calificativos, duro, terrible, cruel, agobiante. Todos le caben y hemos hablado, leído, y oído sobre esto todo el tiempo. Ya nuestro cerebro está saturado de tanta información abundante en detalles, crueles a veces, desoladores otras, y si a eso le sumamos el bajón generalizado que se desparrama entre nosotros como el agua de las inundaciones, o el terror volátil de las esporas mortíferas del ántrax, noticia casi vieja, y por poco olvidada. Las imágenes de la guerra casi no nos atraen a la pantalla del televisor y la sola visión de algunos personajes que manejan nuestros hilos de patéticas marionetas nos produce urticaria.
Y, ¿eso es todo?
¿Llegaremos a la Nochebuena con este ánimo apesadumbrado y amargo?
¿Sostendremos sin fuerza casi, la copa del brindis de Fin de Año como por obligación, por cumplir con un ritual casi impuesto por las costumbres?
O peor aún, ¿nos negaremos a todo festejo, nos quedaremos “en penitencia” encerrados en casa, deprimidos, relamiendo nuestras heridas y nuestro sentimiento de fracaso?
Abramos las ventanas, afuera hay sol, las plantas están con su mejor traje verde intenso, los pájaros están construyendo vidas nuevas, con renovados bríos.
Salgamos a mirar la noche, recuperemos los sonidos del silencio y escuchemos lo que nos dice.
Siempre hay motivos para celebrar, aún cuando se cree que todo está perdido, aún cuando parezca un consuelo pueril, cuando nuestras necesidades inmediatas son tantas y tan difíciles de cubrir.
Celebrar la vida, celebrar estar vivos, celebrar el mundo en el que vivimos.
Hoy les quiero regalar un poema de uno de mis poetas favoritos. La simpleza de su palabra breve y puntual, para leerlo despacio y tenerlo disponible, para volver sobre él cada vez que la realidad se nos haga difícil de soportar.


Lo que se nos ha dado

Hay días, al caer la tarde, en que la vida
nos cuenta
algo del perdón que recibimos

de lo que otros han callado

hay noches en las que algún vestigio
se enciende:

una brasa en la memoria, un grillo
tras la ventana
o una flor
de las que se abren
cuando lo demás ya duerme

son noches en que la quietud revela
la vida que recibí
sin siquiera la violencia

de haberla merecido:

los sin porqué ni para qué

el puro existir, el milagro.

Hugo Mujica

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El río

(el De la Plata, ¿cuál si no?)
A veces voy al río, cuando estoy con bronca, cuando me desespero o cuando tengo ganas…
Voy al río, acá, cerca de casa, o no tan cerca, siguiendo la avenida que se inclina hasta convertirse en un tobogán que desemboca en las vías del ferrocarril, y finalmente en una calle corta, con resabios de otras épocas, donde se mezclan las viviendas precarias, los boliches, un viejo club ribereño hasta llegar a la nueva costanera. Muy lindo, dice la gente, muy prolijo, con árboles plantados recientemente, con césped, con cestos para los residuos, lugares para estacionar... muy lindo. Muy lindo, con variedad de locales para tomar café, para comer, para sentarse al sol… muy lindo…
Para acercarse al agua hay que caminar bastante… muy lindo… pero, paradójicamente, el río se aleja cada vez más. Retira de nuestra vista su agua marrón empujado, poco a poco, por toneladas de ciudad convertida en escombros que enormes palas mecánicas arrojan sobre él. Hay que rellenar, hay que parquizar, hay que civilizarlo todo.
No me gusta, me gustaba más el río de antes. Agreste, sin dueño, con menos civilización, con menos basura, y cerca, muy cerca de nosotros. Ahora lo ahuyentamos, lo contaminamos, lo llenamos de latas y botellas que sus aguas marrones nos vuelven a arrojar en la cara, cuando se enfurece y sopla el viento del sudeste, dejando una inmunda alfombra de desperdicios sobre las veredas de la costanera.
A veces voy al río, en las tardes de otoño grises, ventosas, cuando a nadie se le ocurre acercarse, entonces a mí me gusta ir al río. Me gusta disfrutarlo a solas, sin bullicio alrededor, sólo escuchar el murmullo del agua y sentir en la piel el aire frío y húmedo. Entonces, pienso que es mío y de nadie más, que no lo tengo que compartir con los innumerables barquitos blancos, como gaviotas gigantes, que se posan sobre él los domingos de sol.
Entonces me afano en imaginar que no está lleno de los fatídicos restos que las industrias le proporcionan generosamente, ni del petróleo que van regando los barcos, ni de la caudalosa materia de las cloacas bonaerenses. Se me ocurre que es el mismo río de hace muchos años, y así también puedo imaginar por un momento, solo por un momento, que yo también soy la misma, incontaminada, libre, alegre y sobre todo, feliz; precisamente con esa felicidad irreflexiva que nos da la inconciencia de la juventud extrema, cuando todavía no nos hemos golpeado con la realidad.
(Después, la felicidad es otra cosa, más meditada, y también más medida, más de aceptación de las limitaciones que tenemos o que nos llegan desde el afuera, de racionalizar las cosas que podemos, y las que no podemos cambiar.)
Puedo pensar como el río de entonces, puedo sentir como el río de entonces y dejar fluir las olas de mis sensaciones y llenarme de entusiasmo y de una energía que, aunque sea efímera me deja soñar un poquito, muy poquito, por unos minutos nada más, que soy la misma.

martes, 23 de noviembre de 2010

El exilio de los argentinos

Volviendo sobre los pasos de nuestros abuelos

Esta tierra fértil y generosa, colmada de todas las bendiciones que cualquier país del mundo quisiera para sí, asiste, creo yo con asombro, al éxodo de sus habitantes desalentados, desesperanzados, casi vencidos diría.
Transitan así el mismo camino que recorrieron muchos de nuestros antepasados hace varias décadas, huyendo del hambre, de la guerra, de la falta de trabajo. Ellos llegaron aquí con las pocas pertenencias en una pequeña valija que albergaba sueños de una vida mejor, pero sobre todo unas enormes ganas de trabajar y un espíritu de lucha que les permitió arrancarse de su terruño y plantarse para siempre en nuestro suelo.
Comenzaron desde muy abajo, trabajando duro y llenando nuestras ciudades y nuestros campos con sus familias. Así, en cada pequeño lugar estaba el almacén de don José, la verdulería de don Ángelo, la tienda de don Zacarías, la cervecería de don Marcos.
Nuestra pampa también los vio llegar con apenas lo puesto y fue testigo de sus amaneceres empujando el arado que multiplicó los callos de sus manos laboriosas e incansables. El país creció, el granero del mundo que nos mostraban nuestros manuales en el colegio prometía un futuro venturoso para todos los hombres de buena voluntad que quisieran habitar el suelo argentino.
Me pregunto -cada vez con más frecuencia— dónde quedó la semilla que esos hombres invalorables trajeron. Dónde están los hombres de buena voluntad que harían de este bendito país un lugar irreemplazable para vivir. Dónde sepultaron nuestros sueños tras enormes cataratas de corrupción, desidia, ineptitud, o definitivamente mala fe.
Muchos de los hijos y los nietos de esos inmigrantes emprendieron el regreso.
Volvieron tras los pasos de sus abuelos a reclamar en otra tierra su derecho a vivir con dignidad. Muchos se lanzaron a la aventura como náufragos, buscando una tabla de la cual asirse, sin darse cuenta de que era demasiada la distancia y había que estar preparado para la travesía. Llegaron creyendo que las puertas se abrirían de par en par y encontrarían la tierra prometida sin dar nada a cambio.
El mundo no es así. No es posible echarse a caminar sin volver la vista y sin tener en cuenta lo que se deja atrás. Es preciso, primero, ver con detenimiento el lugar de donde partimos y lo que llevamos de equipaje. Es imprescindible hacer un exhaustivo balance de nuestras pertenencias, no sólo las materiales, sino las otras, las intangibles.
Otros, los más afortunados o previsores, vieron primero, averiguaron, se prepararon, supieron adónde se dirigían y se cercioraron de ser bien recibidos. Ellos lograron el objetivo y consiguieron el lugar, el trabajo, el confort, la seguridad. Me gustaría saber si, además, consiguieron también la felicidad. Esa felicidad que buscamos a menudo en la partida, en el cambio de escenario. Ese éxito que creemos encontrar afuera de nosotros mismos, en otro lugar. Me gustaría saber qué les pasa cuando llega la noche y se sientan a la mesa pensando en su familia tan lejana, en sus amigos, en las cosas de todos los días.
Así como el éxodo se incrementó día a día, mes a mes, también fueron muchos los que optaron diferente, los que eligieron quedarse, o simplemente no se plantearon la posibilidad de irse. No necesariamente los que se quedaron, mejor diría los que nos quedamos, tenemos la vida resuelta ni mucho menos.
Padecemos la cotidiana realidad, luchamos minuto a minuto, hacemos malabares dignos de un elenco circense para sobrevivir, tenemos miedo, estamos inseguros, tenemos bronca, nos desanimamos, nos entristecemos. Pero, estamos juntos. Nos tenemos los unos a los otros, ponemos el hombro, “nos la bancamos”.
No es fácil, no es cómodo, no es falta de decisión, todo lo contrario.
Es saber de dónde somos, adónde pertenecemos y luchamos por eso. Es sentirnos parte de nuestro país y no mirar como desde afuera, diciendo “este país” como si fuera ajeno, como si no fuera nuestro. Es el lugar donde nacimos, donde crecimos, donde nos educamos, donde fundamos nuestra familia y donde queremos morir. No queremos renegar de nuestros orígenes que es como renegar de nuestros padres.
Que no se confunda, no se trata de criticar a aquellos que no se sintieron con la fuerza necesaria para afrontar este presente y, aún peor, el futuro incierto y oscuro. Se trata de rescatar que somos también muchos los que nos queremos quedar contra viento y marea, a tratar de construir a pesar de los que destruyen, a tratar de trabajar aunque cada vez sea más difícil, a darles el ejemplo a nuestros hijos que son el futuro y los que continuarán lo que nosotros comenzamos, a enseñarles a amar este lugar que nos fue dado y que debemos cuidar, a veces a pesar de nosotros mismos.
Por último, creo que se trata de estar presentes para poner nuestro pequeño o gran esfuerzo de cada día para lograr el cambio que todos nos merecemos.

¿Irse o quedarse?
¿Es éste el dilema?
Para mí no lo es, no necesito pensarlo, no quiero siquiera plantearme la posibilidad.
Creo que no voy a arrepentirme, que está bien así, que vale la pena seguir intentándolo.
Por eso, cada mañana, cuando el día se presenta como una hoja en blanco, me digo que lo puedo llenar con esperanza, con ganas, y sigo dando gracias a Dios por estar aquí, por sentir que pertenezco, por tener raíces.

martes, 2 de noviembre de 2010

Descuidos que hacen peligrar el planeta

La noticia es de hace varios años, pero estas cosas siguen ocurriendo.

1-¿Qué estamos haciendo con nuestra casa?

Brasil, Río de Janeiro:

Anthony Garotinho, gobernador del estado de Río de Janeiro habló con respecto al hundimiento de la plataforma petrolera de la empresa Petrobras.
Datos y Cifras:
Se considera la misma explotará al llegar a los 1000 metros de profundidad.
Esta explosión derramará 1.500.000 (un millón y medio) de litros de combustible.
La plataforma, considerada la mayor del mundo, tiene 120 metros de altura (como un edificio de 40 pisos) y pesa 32.000 toneladas.
Comenzó a hundirse hace algunas semanas luego de 3 explosiones que provocaron la muerte de 10 operarios.
El efecto de la presión del agua sobre los depósitos de combustible genera que 1.200.000 litros de diesel y 300.000 litros de petróleo derramen su fatídica presencia en las aguas del océano Atlántico, con la consecuencia todavía impredecible sobre especies naturales.
Se piensa también que las barreras colocadas por 26 barcos en la zona no son eficientes para evitar que la mancha avance. Las corrientes marinas y el oleaje pueden llevar este siniestro líquido hacia cualquier parte incluso puede aparecer en lugares inesperados.

2-¿Qué estamos haciendo con nuestra casa?

Es decir, qué estamos haciendo con el planeta, o, dicho de otra forma, qué no estamos haciendo por el planeta.
Pocas veces nos ponemos a pensar en el mundo como nuestro hogar. La mayoría de nosotros, por no decir todos, consideramos como nuestra casa al lugar donde vivimos, domicilio, localidad, ciudad, país.
En realidad, podríamos decir que solamente pensamos en casa o en hogar cuando se trata de nuestro propio domicilio, a juzgar por el desprecio y la desidia con que tratamos los espacios públicos, las calles, las veredas, volcando en ellas cuanto residuo esté a nuestra disposición.
En nuestro país, ya nadie se asombra de ver como se arrojan en cualquier lugar papeles, latas, boletos de colectivo, vidrios y todo tipo de deshecho, sin ningún pudor, por hablar de la contaminación en menor escala.
Por supuesto, no falta la otra contaminación, la de las fábricas y empresas que vuelcan sus líquidos y residuos tóxicos en los ríos. Esta costumbre, mala y dañina por cierto, nos habla a las claras de la falta de interés por mantener limpio un lugar que en definitiva es de todos.
Cuando salgo a la calle, cuando utilizo un medio de transporte, cuando estoy en un parque, estoy también en mi casa; este sitio es en ese momento el lugar donde vivo.

¿Cuanto más difícil será que tomemos conciencia de que el mundo, el planeta, es el lugar donde vivimos?
¿Por qué no comparar al planeta con nuestra propia casa?
Qué grande sería nuestro empeño por evitar, por ejemplo, que se derrame aceite en la pileta de natación. Con cuánto cuidado trataríamos de proteger a nuestras plantas favoritas del contacto con combustibles, nafta, etc.
¿Cuál sería nuestra actitud si el tanque de agua se contaminara con venenos y tuviéramos que prescindir de usar la instalación de agua potable de la casa?


Llevando estas comparaciones a lo que sucede en el mundo, con nuestra Tierra, con nuestro Hogar:
¿Por qué no pensamos en la vida que albergan los océanos?
¿Por qué no ponemos más cuidado en proteger las pocas y cada vez menores reservas que la naturaleza nos ha brindado?
¿Por qué no hacemos nada, solo mirar por televisión, como una noticia más, sin pensar en que tanta contaminación nos afecta a todos?
¿Por qué no vemos un poco más allá de nuestro propio horizonte y nos imaginamos un futuro sin agua, sin peces, sin aire puro para respirar, sin árboles, sin pájaros, en un mundo sombrío y deshabitado?

No se trata de hacer profecías apocalípticas, se trata de una realidad cada vez más cercana y a la que curiosamente no le damos la trascendencia que deberíamos, por el bien de todos nosotros y por el futuro que le dejaremos a las generaciones venideras.

sábado, 16 de octubre de 2010

Homenaje

Siempre vuelvo a ella, es mi musa inspiradora, no importa el tiempo que haya pasado, y pasó bastante. Siempre está allí, acompañándome en los momentos de desesperanza, con ese gesto tan suyo que invitaba a seguir adelante, con sus ojos negros que lo decían todo sin hablar, con su sentido del humor tan particular que le permitía reírse de sí misma aún en los momentos más duros.

Abrir la puerta al volver de la escuela, era entrar en un mundo maravilloso de música y color. Los aromas salían de la cocina y recorrían los ambientes danzando por el corredor al compás de sus canciones. Cualquier momento era bueno para que nos tomara de la mano y bailara con nosotras por toda la casa. La catarata de agua y jabón que llenaba la pileta del patio cuando lavaba la ropa no era suficiente para ahogar el sonido de su voz ensayando un tango o una muñeira.

Sangre gallega, bulliciosa y apasionada, corría por sus venas. Un halo misterioso con reminiscencias de Oriente bordeaba su rostro y podíamos imaginarla cubierta por un velo, con cascabeles y pulseras tintineando en sus manos.

Era de acá y era de allá, llevaba la morriña consigo como una compañera de viaje aunque nunca pisó la tierra de sus padres.

Dio tanta vida, repartió tanta sonrisa en su corta estadía en este mundo que su espíritu se burló de la muerte temprana, y se quedó con nosotros para siempre.


Este poema de Hamlet Lima Quintana parece escrito para ella, y con él quiero rendirle homenaje a mi madre, Nélida Sofía Rodríguez.

Gente

Hay gente que con sólo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales;

que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.


Hay gente que con sólo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas,

que con solo empuñar una guitarra,
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con sólo abrir la boca,
llega hasta todos los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas,
y se queda después como si nada.

Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria
pues sabe que a la vuelta de la esquina
hay gente que es así, tan necesaria.


Hamlet Lima Quintana

viernes, 8 de octubre de 2010

De atropellos, gruñidos y otras yerbas...

Escena 1
Camino por la vereda rumbo al supermercado, el ir y venir es incesante, todo el mundo está apurado, me esmero por esquivar a los que vienen en dirección opuesta, pero es inútil, tarde o temprano alguien me lleva por delante. A veces me quedo mirando fijamente a los ojos de la persona que avanza hacia mí, pensando que soy invisible, que no me ve, y espero su reacción al acercarse, siguiendo mi camino sin moverme ni un centímetro hasta que llega a mi lado, entonces tengo que correrme con rapidez para evitar ser embestida.
No entiendo, ¿qué le pasa a la gente?

Escena 2
Llego al supermercado, tomo un carro y me dispongo a hacer las compras, lista en mano, tengo el itinerario aprendido de memoria y comienzo a realizar maniobras dignas de un corredor de fórmula uno para evitar que me atropellen otras tantas personas con los suyos.
Me detengo en un pasillo: dos señoras muy tranquilas han atravesado los changos mientras buscan con toda parsimonia algún producto ignoto. Pido permiso, no hay respuesta, insisto pidiendo paso y nada, me pregunto ¿me habré quedado afónica y no me oyen? ¿Estaré muerta y no me di cuenta, por eso no me ven, como en la película de Bruce Willis? Finalmente, como con fastidio mueven los carros dos centímetros y tengo que pasar haciendo malabarismo para no chocarlas con el mío.
No entiendo, ¿qué le pasa a la gente?


Escena 3
Un colectivo, cualquiera, no hay demasiadas diferencias, las mismas caras ensimismadas, enojadas, fruncidas, en todos lados. Por suerte, un asiento desocupado, me siento aferrándome al pasamano para no volar por los aires en alguna curva violenta. En un momento quedan varios lugares vacíos y una chica se cambia de ubicación varias veces.
Me levanto y me dispongo a bajar y entonces sucede lo insólito, la chica en cuestión viene a querer sentarse en el lugar que estoy dejando desocupado, pero en vez de esperar que pase prácticamente pelea conmigo para literalmente arrojarse en el asiento. No hay pasajeros de pie de modo que nadie podría haber ocupado el sitio, ¿cuál es el apuro cuando podía dejarme pasar y luego sentarse con calma? Claro, en este caso siempre existe la posibilidad de que sus movimientos incomprensibles tengan como fin distraerme y meter sus deditos en mi cartera…
Pero igual, no entiendo, ¿qué le pasa a la gente?

¿Quién no ha vivido alguna de estas situaciones, o todas, o parecidas en algún momento del día?
Me pregunto nuevamente: ¿Qué le pasa a la gente?

Pienso, nos hemos convertido en zombis que caminan por la vida sin mirar, sin detectar, sin percibir al otro, a los otros. ¿Es un problema de falta de educación?
¿Los conflictos y urgencias de la vida alienada que vivimos nos lleva a este comportamiento bestial?
Además de no registrar, de no percibir a los demás no somos capaces de pedir una disculpa ante un atropello.
Pero también sucede otra cosa:

Escena 4
Estoy recorriendo la Feria del Libro con mi hermana y una amiga, al tomar por el hombro a una de ellas, con mi mano golpeo sin querer en el rostro a una señora que viene caminando en dirección opuesta. Al darme cuenta, me detengo afligida, le pido disculpas, le pregunto si la lastimé y ¿cuál es la reacción? Me mira con odio se pone una mano en la cara y sacude la cabeza con enojo, le reitero mis disculpas, evidentemente no le hice nada, pero el gesto de fastidio, bronca, disgusto no cesa, y se queda refunfuñando no sé que cosas que no entiendo, porque entonces me doy vuelta, y sigo caminando encogiéndome de hombros, preguntándome otra vez: ¿qué le pasa a la gente?
La reacción fue exagerada e injusta, ni siquiera quiso aceptar mi gesto amable, entonces ¿qué hacer?

Como de costumbre, me quedo con las preguntas sin responder, habrá que echarle la culpa al estrés, a las preocupaciones, a la angustia y a la frustración en que viven inmersas muchas personas en la gran ciudad. Sería interesante que todos pudiéramos por un momento parar y pensar un poco. Un gesto amable, un “muchas gracias”, un “disculpe”, un “por favor” sumarían bienestar y cordialidad entre las personas. No se trata de volver a la época de sacarse el sombrero para saludar, ni de pasarse dos horas diciendo: “pase usted, pero no, por favor, pase usted, no de ninguna manera usted estaba primero”. Pero, si seguimos actuando así muy pronto es probable que nos hagamos zancadillas todo el tiempo y en vez de hablar terminemos ladrándonos unos a otros, con perdón de los perros.

viernes, 1 de octubre de 2010

Como soy argentino, como lo que como

Los argentinos somos sin duda especiales, particulares, muy personales por decirlo de alguna manera elegante. Protestamos todo el tiempo en contra de lo que nos molesta, nos parece injusto, incorrecto, ilegal, etc.
Pero llegado el momento de actuar, ¿que hacemos? Miramos para otro lado, nos encogemos de hombros y esperamos que alguien solucione las cosas de modo milagroso o finalmente terminamos aceptando con resignación que, y bueno, aquí las cosas son así, estamos en el tercer mundo, esto no es Europa o Estados Unidos.
Me pregunto, qué hace cada uno de nosotros para que esto cambie, qué hacemos para cambiar nuestra indolencia, nuestra falta de voluntad de luchar por mejorar nuestra vida, nuestra comodidad a la hora de rebelarnos contra aquello que no deberíamos aceptar de ningún modo.
Si queremos mirar como ejemplo a los países de avanzada, no podemos ignorar que la idiosincrasia de sus pueblos los hace como son. Aquí, si un día alguien dice que van a aumentar los precios de un artículo determinado, salimos como desesperados a llenar carros en los supermercados.
La política en otros lugares es totalmente opuesta, nadie compra ni siquiera uno de esos artículos, y de esta forma se presiona a los fabricantes o comerciantes a mantener los precios.
Cuando un producto, comestible o no, no reúne las características de buena calidad, o bien intenta engañar, ocultando y mintiendo, cualidades que pueden resultar perjudiciales, los consumidores se ponen firmes, lo rechazan, dejan de comprarlo. Es decir, no solamente defienden la calidad sino la honestidad. Si un producto es dañino o tiene alguna característica dudosa, debe estar enunciado en la etiqueta.
Los argentinos no solamente no defendemos estos principios, sino que, además, ignoramos, por carecer de información suficiente unas veces, y otras por falta de interés y de preocupación, lo que estamos comiendo.
Por ejemplo, ¿qué sabemos con relación a la inclusión de productos originados en cultivos transgénicos en diferentes productos alimenticios? Los transgénicos son creados a partir de la combinación de genes de diferentes especies. Se sabe, por ejemplo, que se ha logrado una variedad de tomate apto para climas muy fríos, donde no podría desarrollarse, sin la “ayuda” de un gen provisto por una especie de pez que vive muy bien en esos climas.
Cuesta hacerse a la idea, ¿no? También se han combinado genes humanos en una clase de porcinos, en fin parecería que esto no va a tener límites.
Me produce terror imaginar adónde puede llegar la humanidad en esta loca carrera de descubrimientos científicos, si estos son utilizados sin ningún tipo de criterio ético, y en manos de quienes en lo único que piensan es en el dinero o el poder que les pueden proporcionar. Tengo mis serias dudas sobre el mundo que vendrá...
Hace tiempo leí “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, donde se describe un mundo en donde las mujeres ya no parían a sus hijos, sino que había máquinas programadas a tal efecto para producir dos o tres tipos de seres humanos diferentes, según las necesidades.
Había una clase con menos inteligencia para las tareas menores, otros algo más avanzados y luego los que gobernaban. Si pensamos que fue escrito en 1932, cuando la reproducción “in vitro” estaba muy lejana todavía, me pregunto que tan profético fue su autor y que tan lejos estamos de ese “Mundo Feliz”.
Volviendo al tema de los transgénicos que nos quieren hacer comer, no existe en nuestro país una reglamentación o una ley para regular este tema, por lo tanto las empresas no están obligadas a anunciar en las etiquetas sobre el contenido de dichas sustancias.
Los agricultores que sembraron las semillas de soja de esa clase se encuentran ahora con la dificultad de no encontrar en el exterior compradores para sus cosechas. O sea, en los países avanzados no quieren transgénicos.
Todavía no se sabe a ciencia cierta cuales serán los efectos a largo plazo si ingerimos estos productos, lo que sí se ha determinado en pruebas de laboratorio, es que en las ratas, producen resistencia a los antibióticos, y algunas reacciones alérgicas. Hay algo mucho más temible todavía, y es que una vez que se han sembrado estas semillas, (como en el caso de la soja) estos genes se incorporarían fácilmente al medio ambiente en general y se propagarían a otras especies. Sabemos que existen largas extensiones sembradas con soja transgénica en nuestro país, o sea, que el peligro ya está aquí y, que estamos haciendo, o que hicimos para evitarlo?... Nada, absolutamente nada. Las autoridades se hicieron las distraídas y ahora el daño ya está hecho. No me ocupa hoy, hacer un informe científico ni mucho menos, simplemente reflexionar en nuestra conducta, frente a diferentes situaciones que se podrían evitar, si tomáramos conciencia de nuestro derecho y nuestro deber de defendernos de todo aquello que pone en peligro nuestra salud. Exigir a los gobernantes, presionar a las empresas, utilizar todos los elementos legales a nuestro alcance y si esto no es suficiente, en el caso de los alimentos por ejemplo, no consumir, no comprar todo aquello que no es confiable, es la única manera de no comer lo que no queremos, de que no nos hagan comer lo que nos hace daño, de poder elegir que comer o en todo caso que la decisión de incorporar estas sustancias a nuestro cuerpo sea nuestra, sabiendo qué productos las contienen. La falta de información por parte de las autoridades en general es grave, pero la carencia de interés de las personas por informarse creo que es peor, mucho peor.

Para tener en cuenta, a continuación algunos de los productos que contienen transgénicos:

Alfajores, galletitas, algunos aceites, budines, golosinas, caldos deshidratados, chocolates, empanadas, ravioles envasados, fideos con salsas deshidratadas, todo lo que contiene soja y sus derivados y aquellos productos que en su composición incluyen los llamados aceites vegetales hidrogenados.

Los pasos de papá

Pisaba fuerte, como afirmando con cada paso “aquí estoy yo”. Su figura, su aplomo, su gesto seguro, imponían respeto, y al mismo tiempo me ...